- Muchos buscan la felicidad por encima del hombre, otros por debajo. Pero la felicidad está hecha a la medida del hombre.
- Con arroz para comer, agua para beber y mi brazo doblado por almohada puedo ser feliz.
- El hombre honrado se avergüenza de que sus palabras sobrepasen sus acciones.
- Hay tres tipos de amistad provechosa y otros tantos de amistad dañina. La de un hombre que habla sin rodeos, la de alguien sincero y la de un sabio son las primeras. Las otras, la amistad de quien engaña bajo una apariencia honesta, la de un adulador y la de un charlatán.
- Un hombre feliz es un hombre que se conforma con poco.
- Bondad sin inquietud, conocimiento sin dudas y coraje sin miedo son los principios que guían al hombre noble.
- Ser capaz de practicar estas virtudes constituye la perfección: sobriedad, generosidad de alma, sinceridad, honestidad y amabilidad.
- La satisfacción lleva a la felicidad, incluso en la pobreza. Y la insatisfacción lleva a la pobreza, incluso en la riqueza.
- Nuestra mayor gloria no es no caer jamás, sino levantarnos cada vez que lo hacemos.
- La felicidad no se encuentra en la cima de la montaña, sino en la manera de subirla.
6 de septiembre de 2011
10 ENSEÑANZAS SOBRE LA FELICIDAD, según Confucio
Progreso, ¿qué progreso?
Colaboración de José Albelda, Profesor de la Universidad Politécnica de Valencia.
A principios de 2010 se inauguró oficialmente el Burj Khalifa, más conocido como Burj Dubai, el edificio más alto de un mundo en el que la conquista de la escala física y la superación constante de los límites sigue siendo uno de los principales patrones de medida de poder, tanto técnico como económico. Según se comenta, el Burj Dubai, con sus 818 metros no sólo es el edificio más alto del planeta, sino el que ya no va a ser superado, o al menos esa es su vocación, ser el definitivo techo del mundo. Sobrepasando en trescientos decisivos metros a su competidor más inmediato, la torre Taipei 101 en Taiwan, lleva camino de convertirse en el icono funerario de una economía sin visas de continuidad, un símbolo ya obsoleto de progreso en el contexto de la crisis ecológica y económica global. En el horizonte del final del petróleo barato y del crack financiero generalizado, los retos megalómanos basados en el dispendio económico y energético van perdiendo protagonismo como señalados símbolos de progreso, quizás por su obscena visibilidad, por más que la inercia siga siendo poderosa. Desde esta perspectiva, su nuevo record de altura, como todos los grandes hitos vacíos de final de ciclo, acaba siendo un fracaso disfrazado de éxito, una hipérbole a destiempo que disuade cualquier intento de competición.
Sin embargo, la clausura de un proyecto de desarrollo aparentemente inagotable no es algo nuevo. Recordemos el final del Concorde con su preciado sueño de aviación comercial supersónica. Durante muchos años el Concorde fue el abanderado del progreso en la industria aeronáutica, pero el coste de los vuelos –la razón económica, siempre la más poderosa- junto a la definitiva escenificación del fracaso técnico con la caída del Concorde de Air France cerca de París en agosto del año 2000, supuso el fin, aparentemente definitivo, de un indiscutible símbolo de la superación de los límites como paradigma de progreso. Será precisamente este concepto, el límite, su aceptación o rechazo, el punto sobre el que pivotará el nuevo paradigma hacia una cultura de la sostenibilidad: el límite no debe entenderse necesariamente como un impedimento a vencer, sino también como una condición a la que adaptarse. Así, la idea de progreso de una civilización no tiene por qué basarse en trascender continuamente barreras en una infinita carrera contra las leyes de la física, sino más bien -desde la consciencia actual de una biosfera fágil y finita- afrontar el reto de perfeccionar lo más posible la adaptación a aquellos límites que resulta contraproducente traspasar.
Hemos hablado de dos ideas radicalmente distintas, progreso como superación y progreso como adaptación, con lo cual el primer paso va a ser cuestionar el significado unívoco que todavía ostenta, y recuperar para el concepto de progreso un campo semántico más amplio y versátil, acorde con la evolución de las sociedades y sus nuevos horizontes culturales. A partir de la revolución científica del siglo XVII y la industrial decimonónica, la idea de progreso se centró mucho más en el reto de desentrañar las claves del mundo físico y mejorar nuestra capacidad técnica para transformarlo, que en el desarrollo práctico de un humanismo ilustrado. Nos encontramos, pues, con una paulatina sofisticación de los procesos tecnocientíficos según las necesidades de las sociedades dominantes, buscando un crecimiento continuo de la economía, la producción y el comercio; todo ello desde un afán de linealidad que no contemplaba la noción de límite, por mucho que se supiera que el crecimiento no puede ser ilimitado en una biosfera con recursos finitos, donde reina la ley de la entropía y sólo permanecen estables los modelos ecosistémicos que tienden a lo circular. Así, el Índice de Desarrollo Humano como principal indicador de progreso frente al incremento del PIB o al crecimiento de la economía, no surge como idea capaz de enraizar con una cierta fuerza hasta el desencanto de la Modernidad, un desencanto en el que seguimos asentados. Tras el fracaso del proyecto moderno, las advertencias de Hiroshima, Chernóbil, Bhopal y en un escenario de cambio climático, la idea de progreso ya no puede considerarse un término incontestable y consensuado desde una única perspectiva semántica. Su promesa de crecimiento continuo es simplemente imposible en el marco del conocimiento científico de los límites de recuperación de los ecosistemas. A partir de aquí, la continuación con la misma retórica de progreso es un simple ejercicio de inercia irracional en el mejor de los casos, o de interesada ocultación y engaño cuyas consecuencias van a ser necesariamente negativas.
Pero el cuestionamiento del modelo de desarrollo que ha caracterizado a la Modernidad no surge únicamente de las promesas incumplidas o de señalados accidentes de sistema -que podrían tener siempre su corrección y ajuste interno-, ni siquiera del abandono de los grandes proyectos simbólicos por razones económicas y energéticas. La esencia del cambio decisivo tiene que ver con algo mucho más profundo y estructural: la necesidad de reenfocar los criterios de progreso hacia la emancipación humana y el reequilibrio de la biosfera como principales objetivos a lograr, entendiendo la economía y la técnica como medios, no como fines. Sustituir, pues, el concepto de progreso de las sociedades basado en el crecimiento de su economía, por otro modelo vinculado a la ética ecológica y a la equidad redistributiva, defendiendo la vida buena humana y de las demás especies a través de la preservación de la biosfera como nuestra casa común.
Escrito esto así, puede dar la sensación de que estamos hablando de objetivos utópicos como la paz perpétua o la bondad generalizada, deseos fáciles de enunciar pero imposibles de llevar a la práctica. Sin embargo, si bien es difícil modificar una cosmovisión tan sólida, no resulta inviable. De hecho, el planteamiento más correcto no sería tanto enunciar las numerosas dificultades del nuevo modelo, como argumentar la imposibilidad de continuar con el anterior. Puesto que la experiencia del capitalismo ha demostrado ser destructiva tanto para los ecosistemas como para los grupos humanos, incluso desde el más básico instinto de supervivencia, la única alternativa que nos queda es la consolidación de una cosmovisión que busque la sostenibilidad de las sociedades en el contexto común de la biosfera. En este nuevo marco de intenciones, los símbolos civilizatorios no tienen por qué basarse en la políticas del exceso sino más bien en las de la suficiencia. Toda una primicia en la historia de las civilizaciones, la recuperación del interés por lo humano y la escucha de las necesidades de la biosfera, objetivos que no han de verse sólo desde una perspectiva practica, sino también desde su contenido simbólico, pues el retorno a la escala humana representa la recuperación de la autoestima de una especie que debe aceptarse como limitada, frágil y fugaz. Este es uno de los principales retos de la nueva cosmovisión: abandonar los esforzados símbolos megalómanos que nos muestran como dueños de la naturaleza y del futuro, y centrarnos en crear un tejido cultural de equilibrio y sostenibilidad a través del cuidado y el respeto, desde la intuición del límite y la mejora de lo común. Un planteamiento que va ganando en credibilidad y contundencia hasta convertirse en el único modelo con expectativas de futuro. Así, desde la remota periferia de los discursos contraculturales, el argumento de un progreso basado en la ética ecológica comienza a desplazarse hacia una zona más cercana a los centros de opinión, con más volumen de voz, espoleado por la contrastada inviabilidad del crecimiento continuo de base capitalista. Pero para vencer inercias tan poderosas y bien asentadas no basta con demostrar su inevitable vocación catastrófica, se deben rebatir también los múltiples argumentos que custionan cualquier otra opción alternativa. Por ejempo, frente a la demagogia "del retorno a las cavernas" con la que se acusa al ecologismo, cabe precisar que una economía de base ecológica no supone atraso, más bien todo lo contrario, nos encontramos ante un gran reto tecnocientífico, una ambiciosa apuesta por el desarrollo de sistemas de alta eficiencia que nos permitan el máximo nivel de bienestar con el menor gasto de energía y materiales, buscando disminuir lo más posible la entropía y el impacto en el medio.
Por otra parte, la crítica al desarrollismo no tiene por qué concretarse neceariamente en una teoría antitética, en la línea de la defensa del decrecimiento, o al menos no sólo a través de ella. Sobre todo porque la raíz del problema no es en primera instancia la economía, sino la cosmovisión. El decrecimiento del consumo y de la huella ecológica de la especie humana deben ser consecuencia de un conjunto de estrategias encaminadas al logro de la vida buena y el reequilibrio de la biosfera, pero no el principal objetivo o la base de la argumentación teórica. Si para restaurar los ecosistemas y retornar a fuentes de energía renovable hay que decrecer en algunos aspectos de nuestra economía, habrá que hacerlo, a la vez que creceremos en otros sistemas de producción e intercambio que resulten más sostenibles. Pero no debemos confundir un valor instrumental con un objetivo finalístico, y más dado su evidente enunciado antitético. No creo que el camino más practicable sea una inversión de la inercia, sino la progresiva puesta en práctica de una compleja red de estrategias y cambios que deben apoyarse en un paradigma radicalmente distinto –y no necesariamente opuesto- al que ha liderado la aventura humana en los últimos siglos de la historia moderna. Siguiendo la argumentación de J. Riechmann en su Trilogía de la autocontención, estamos hablando de un cambio necesariamente revolucionario, y no de una progresión histórica entendida como una simple adaptación a las nuevas coyunturas pero manteniendo la misma matriz. Dicho esto, hay que insistir en que la dificultad de un cambio tan radical -revolucionario- en nuestra cosmovisión dominante no debe convertirse per se en un factor disuasorio. La historia de la humanidad se ha visto jalonada por numerosas revoluciones, entendidas como cambios bruscos en periodos de tiempo relativamente breves, que han modificado decisivamente el curso de las civilizaciones. Es más, cabe precisar que el concepto de revolución no es algo excepcional, sino uno de los modelos posibles de cambio en las sociedades humanas.
La sostenibilidad será una de las premisas básicas para la redefinición de la idea de progreso, pues no podemos considerar como positivo un sistema que resulte más insostenible que aquel al que sustituye o complementa. Por tanto, debe pasar a ser una condición sine qua non de cualquier implementación tecnoindustrial, pero también de muchos otros aspectos que configuran una cultura como el diseño de modelos urbanos, de transporte, de economía y de comercio. Sin embargo, desde el punto de vista de la ética ecológica -la ampliación de la ética humanitaria al conjunto de la biosfera-, la sostenibilidad física de los procesos culturales no se basta por sí misma, deberá complementarse con un conjunto de variables igualmente importantes y necesarias para fortalecer la estructura social y la calidad de vida individual. Así, no puede haber verdadero equilibrio ambiental sin equidad, ni puede haber vida buena en un medio físico deteriorado. Es por ello que debemos potenciar la matriz común de la biosfera como primer objeto de preservación, cuidando del medio y de todos los que lo habitan desde el comedimiento y el respeto. Proteger la vida, redistribuir la riqueza sustentable, evitar el dolor, preservar la belleza.
Así pues, las dos principales claves para la reorientación del concepto de progreso serían:
1. Atender a la sostenibilidad de los procesos culturales como condición sine qua non para ser considerados como ejemplo de progreso positivo, ético y defendible.
2. Atender al cuidado de la biosfera y su equilibrio ecosistémico no sólo desde un plano instrumental, sino como objetivo de respeto en el contexto de una etica ecológica de amplio espectro.
Si vinculamos el progreso moral, basado en una ética ampliada que acoja al conjunto de la biosfera, con el principio de sostenibilidad, habremos sintetizado un nuevo proyecto ilustrado para el s. XXI perfectamente creíble y con pleno sentido de la oportunidad, si bien muy difícil de llevar a cabo, como la gran mayoría de los proyectos emancipatorios de la humanidad en los siglos que llevamos de historia. Sobre estos presupuestos, podemos también reenfocar la aventura tecnocientífica contemporánea no como un telos de sofisticación y desarrollo imparable y autodirigido, sino como un medio instrumental para alcanzar los citados objetivos de vida buena y sostenibilidad en la biosfera. Pero a pesar de la solidez teórica de esta argumentación, la crítica a una tecnociencia finalista y a una economía desarrollista que caracterizan al capitalismo contemporáneo es todavía escasa, no por falta de razones, sino por una cuestión de inercia y de defensa a ultranza de intereses muy consolidados. Diríamos que el modelo actual no por inviable deja de ser obscenamente omnipresente, ocupando casi la totalidad del espacio en el imaginario colectivo.
Este sería, pues, el marco del conflicto, para no caer en el tentador engaño de que una buena fundamentación decanta, por sí misma, la puesta en práctica de un modelo más defendible. Pero si bien el razonamiento no es determinante, sí es una importante condición previa. Así, la redefinición del concepto de progreso a la luz de la experiencia de la Modernidad y de la crisis ecológica global sienta las bases para la reestructuración de la cosmovisión contemporánea, la revolucionaria modificación del sentido de la aventura humana, de sus objetivos y de sus símbolos. A partir de aquí toca construir toda una red de modelos que demandarán sus propios medios y sistemas, comenzando por la necesaria conquista de un espacio cutural donde comenzar a escenificar el nuevo paradigma. Este espacio, para tener una cierta entidad, debe ser fruto de la sinergia entre el pensamiento político y el económico, entre la filosofía y la sociología, así como de sus respectivas aplicaciones prácticas: el ecosocialismo y la economía ecológica, asentando las bases de una ética para la biosfera que nos ayude a progresar en la laboriosa y fascinante tarea de rediseñar una civilización que mire hacia la sostenibilidad.
Fuente:http://ecopolitica.org/index.php?option=com_content&view=article&id=105:progreso-ique-progreso&catid=17:filosof&Itemid=56
PRINCIPIOS DEL RONIN ( BASADOS EN EL BUSHIDO)
義 GI – RECTITUD (DECISIONES CORRECTAS)
Sé honrado con todo el mundo. Cree en la justicia, pero no en la que emana de los demás, sino en la tuya propia. No existen las tonalidades de gris en lo que se refiere a honradez y justicia. Sólo existe lo correcto y lo incorrecto.
勇 YUU – CORAJE
Álzate sobre las masas de gente que temen actuar. Ocultarse como una tortuga en su caparazón no es vivir. Reemplaza el miedo por el respeto y la precaución.
仁 JIN – BENEVOLENCIA
Mediante el entrenamiento intenso el samurái se convierte en rápido y fuerte. No es como el resto de los hombres. Desarrolla un poder que debe ser usado en bien de todos. Tiene compasión. Ayuda a sus compañeros en cualquier oportunidad. Si la oportunidad no surge, se sale de su camino para encontrarla.
礼 REI – RESPETO
Los samurái no tienen motivos para ser crueles. No necesitan demostrar su fuerza. Un samurái es cortés incluso con sus enemigos. Sin esta muestra directa de respeto no somos mejores que los animales. Un samurái recibe respeto no solo por su fiereza en la batalla, sino también por su manera de tratar a los demás. La auténtica fuerza interior del samurái se vuelve evidente en tiempos de apuros.
誠 MAKOTO – HONESTIDAD, SINCERIDAD ABSOLUTA
Cuando un samurái dice que hará algo, es como si ya estuviera hecho. Nada en esta tierra lo detendrá en la realización de lo que ha dicho que hará. No ha de “dar su palabra” no ha de “prometer” el simple hecho de hablar ha puesto en movimiento el acto de hacer. Hablar y hacer son la misma acción.
名誉「名譽」MEIYO – HONOR
El auténtico samurái solo tiene un juez de su propio honor, y es él mismo. Las decisiones que tomas y cómo las llevas a cabo son un reflejo de quién eres en realidad. No puedes ocultarte de ti mismo.
忠 CHUU – LEALTAD
Haber hecho o dicho “algo”, significa que ese “algo” le pertenece. Es responsable de ello y de todas las consecuencias que le sigan. Un samurái es intensamente leal a aquellos bajo su cuidado. Para aquellos de los que es responsable, permanece inclaudicablemente fiel. Para el guerrero, las palabras de un hombre son como sus huellas: puedes seguirlas donde quiera que él vaya.
EL PODER DE PERDER
by David Momparler on julio 3, 2010
Antiguamente, a los espartanos se les enseñaba a perder.
En Esparta, como sabra cualquier persona que haya leído algo acerca de esa época (o en su defecto haya visto la película de 300) se les educaba de una forma bastante diferente a lo que sería la educación hoy en día. La educación no estaba basada en ganar,… sino en perder. Al igual que los samurais y también al igual que los gladiadores en la antigua Roma.
…pondré un ejemplo antes de seguir para poder explicarme mejor.
Lo primero que se les enseñaba a los espartanos, a los gladiadores y a los samurais es a aceptar que iban a morir en el siguiente combate. Este simple cambio de punto de vista hacia que fueran los mejores guerreros nunca vistos,.. porque? Porque no tenían miedo. Simple y llanamente por eso. Nunca en sus vidas se les enseño a buscar una verdad irreal y falsa, como hoy en día el ser famoso, rico, etc… ( que lo consiguen cuatro gatos y por poco tiempo), sino que se les enseñaba que iban a morir y punto. No había ni falsas esperanzas ni mentiras,… lo cual paradojicamente hacia que la muerte entre ellos no fuera temida, sino que fuera el pan de cada día,.. ni deseable ni indeseable… simplemente normal. Como el sol y la luna.
En un combate, al igual que ante la vida, no hay peor enemigo que el miedo. El miedo debilita, desorienta y nos desconcentra. Cuando un guerrero espartano iba a luchar en cualquier batalla lo primero que debía de decirles su general es que iban a morir. No les decía que iban a ganar, ni que su muerte iba a servir de algo,… se les decía que simple y llanamente iban a morir. Y tampoco se les decía que iban a ir a un paraíso lleno de rosas, se les decía que iban a ir al infierno y que allí pasarían el resto de sus vidas. Curiosamente esto les hacia los mejores guerreros que han existido nunca. Porque?
Muy simple. Cuando se acepta todo lo peor, e incluso lo peor de lo peor, da igual lo que pase. No hay miedo, no hay duda, no hay preocupación. Uno tiene miedo cuando quiere que pase algo y pudiera ser que algo hiciera que lo que queremos no se cumpla. Esto hace que la mente calcule posibilidades, estratagemas para que ocurra lo que queremos etc… pero una vez se acepta que va a ocurrir lo peor ocurre un cambio de conciencia. De repente ya no hay nada positivo o negativo, sino simple y llanamente paz. Aceptación. Algo que hoy en día no se comprende y que es esencial.
Como caso similar se podría poner la crisis económica de hoy en día. No se acepta, simple y llanamente la gente no acepta que el sistema no funciona y busca culpables, busca formas de evitar la crisis, busca miles de cosas sin sentido… En vez de darse cuenta de el error fundamental. Al igual que el gladiador que sale a la arena a morir la economía tal como la conocemos no existe, esta muerta, y cuanto más nos aferremos a ella más sufriremos tratando de evitar lo inevitable. Sin embargo si se aceptara desde el principio no se habrían gastado billones de euros y dolares en tratar de evitar lo inevitable y se hubieran podido gastan en alternativas en vez de en encubrir aún más el problema.
Y como aplicar esto a la vida diaria?
La próxima vez que tengas que hacer algo importante, como una entrevista de trabajo, quedar con una persona muy importante o algo que de normal te pondría “nervioso” simple y llanamente acepta que te va a salir mal. No hagas nada para que salga mal evidentemente,… haz como el espartano que luchaba lo mejor que podía pero no por el hecho de sobrevivir sino por el hecho simplemente de luchar. Si quedas con alguien se tu mismo/a y ya esta, si tienes una entrevista di la verdad y se sincero,… simple y llanamente no trates de ser ni mejor ni peor. Acepta que va a salir mal.
Porque en el momento en el que lo aceptes, en el que sepas que todo va a salir mal, paradojicamente sera cuando mejor hagas las cosas, simple y llanamente porque no habrá miedo, solo paciencia, concentración en lo que estas o vayas a hacer y serenidad.
http://filosofiayogui.wordpress.com/2010/07/03/el-poder-de-perder/
Semana laboral de 21 horas: Por las personas, el medio ambiente y la sociedad
Escrito por José Luis Palacios
Publicado en Noticias Obreras http://www.hoac.com.es/?p=3604
Ni 40, ni 35 horas semanales. Nada menos que 21 es la propuesta del centro de pensamiento británico New Economics Foundation (NEF), y que en España apoya Ecopolítica, para pasar de un modelo de crecimiento económico insostenible y en crisis a otro en el que las necesidades vitales de las personas, el cuidado del medioambiente y el Estado del bien estar sean viables.
La NEF ha establecido la cifra por aproximación a la media de lo que la gente en edad de trabajar en Gran Bretaña pasa en su empleo remunerado y por ser un poco más del tiempo que se invierte en el trabajo no remunerado. Coincide además, con que “si el tiempo medio dedicado al trabajo doméstico no remunerado y al cuidado de la infancia en Gran Bretaña en 2005 fuera valorado en términos de salario mínimo, valdría el equivalente al 21% del PIB del Reino Unido”. Los cálculos son parecidas en el resto de países industrializados. En realidad, lo de menos son las cifras siempre que se avance hacia un número mucho menor de horas de trabajo remunerado.
Las propuestas de la NEF y del Centro Ecopolítica, una red de académicos y activistas comprometidos con la ecología, “no son una receta, sino una provocación”. El “Informe 21 horas. Por qué una semana laboral corta puede ayudarnos a todos a prosperar en el siglo XXI” trata de “cuestionar las actuales nociones sobre el trabajo y el tiempo, cambiar lo que se considera normal”, reconociendo de que es “una visión radical para agitar ideas y poner a la gente a pensar sobre un cambio de dirección significativo”. La propuesta de reducir y redistribuir el tiempo de trabajo remunerado es para la NEF un elemento más de lo que denomina la “Gran Transición hacia un futuro sostenible y equitativo”, estrechamente relacionado el “decrecimiento”, la renta básica y el respeto al medio ambiente.
El coordinador del Centro Ecopolítica, Florent Marecellesi, destaca que la propuesta viene a recuperar el viejo anhelo del movimiento obrero de repartir el trabajo, tan presente en la década de los años 90 (http://edicioneshoac.org/index1.html) y desaparecido casi por completo de la agenda sindical, para plantearlo justo en el momento en que están en cuestión los límites del planeta y de la globalización económica. Citando a Florent Marecellesi, en su introducción a la versión castellana del informe, “plantear una semana laboral de 212 horas es tomar a contrapié las propuestas de reforma laboral y de jubilación que nos empujan a trabajar y consumir cada vez más, como si el paro, la desigualdad o el agotamiento de los recursos naturales no estuvieran relacionados”.
Este francés afincado en Euskadi lleva meses presentando por las ciudades de nuestro país la propuesta, con una “buena acogida”, por lo que tiene de “puente entre la vieja aspiración obrera y los nuevos retos ambientales”, de “abrir horizontes” y de “plantear esperanzas, ahora que cunde el pensamiento único y hasta el nihilismo”. Aunque en principio se esperaba una oposición fuerte de los sindicatos, se está dando cuenta de que por lo menos se puede hablar tranquilamente con ellos de esta propuesta, más con los minoritarios que con los grandes, todo hay que decirlo. “No deja de ser una cuestión que cuestiona el sentido del trabajo, de para qué trabajamos”, asegura.
La NEF coincide en señalar que “las economías de consumo, ricas y altamente competitivas, prometen satisfacción para todo el mundo, pero en realidad tienden a proporcionar lo contrario. Aquellos que se pueden permitir el participar nunca están realmente satisfechos, con independencia de lo que puedan llegar a consumir. La razón de esto es porque el sistema está diseñado para favorecer precisamente la insatisfacción, para que todos nosotros sigamos gastando para fomentar y justificar el continuo crecimiento”.
A nadie se le escapa las dificultades de llegar al escenario descrito, por lo que la NEF primero ha querido identificar los obstáculos a tener en cuenta (el riesgo de aumentar la pobreza, el aumento de los costes empresariales y una oposición política a emprender una reducción tan drástica de las horas de trabajo remunerado) y después plantear las condiciones necesarias para abordar los problemas de la “transición” (graduar la reducción, garantizar incrementos salariales, cambiar la gestión del trabajo, recompensar adecuadamente a los empresarios, distribuir mejor los bienes, los ingresos y la riqueza, incentivar la actividad y el consumo no mercantilizado…).
La NEF reconoce que antes de nada hay que provocar un debate amplio que pasa por reconocer el valor del trabajo no remunerado, del modo en que se organiza y distribuye el trabajo y el uso que se le da al tiempo, conscientes de que las normas sociales que hoy parecen rígidas pueden cambiar como también lo pueden hacer las expectativas que la población tienen. Es más, ya ha pasado a lo largo de la historia, precisamente con el tiempo del trabajo.
En 1974, en el Reino Unido se implató a semana de tres días, por orden del gobierno conservador de Edgard Heath, con el fin de ahorrar energía durante un periodo de fuerte inflación, altos precios energéticos y protestas laborales de los mineros. En Francia, entre 2000 y 2008 la semana de 35 horas se generalizó como máximo horario de trabajo. Casi el 60% de los trabajadores se mostró satisfecho al poco de su implantación, aunque también hubo muchos inconvenientes que cabe atribuir a una “flexibilidad interna” impuesta. Hace menos tiempo, de 2008 a 2009 el estado de Utah, en EE.UU. fomentó la semana laboral de cuatro días en el sector público para ahorrar energía y reducir las emisiones de carbono, así como los costes. Eso sí, no hubo reducción, sino redistribución horaria, al fijarse cuatro días laborales de 10 horas de trabajo.
Cada vez más sectores de la población son conscientes de que no valen respuestas antiguas a retos nuevos. No podremos salir de la Gran Recesión volviendo a los patrones de comportamiento anteriores. Si queremos evitar la catástrofe ambiental, social y económica habrá que empezar a aplicar nuevas fórmulas. Un cambio gradual, bien dirigido e impulsado de la gestión del tiempo de trabajo, en combinación con la extensión de mecanismos que garanticen ingresos vitales a toda la población y medidas efectivas de preservación del medio ambiente, nos podría colocar en un escenario futuro mucho más prometedor que el actual.
En 1930, John Maynard Keines vaticinó, ante las innovaciones tecnológicas y sociales, que a comienzos del siglo XXI la semana laboral podría verse drásticamente reducida a 15 horas. Llegado ese momento, pensaba que la cuestión sería “cómo utilizar nuestra libertad alejados de las preocupaciones económicas apremiantes”. Lamentablemente, las cambios introducidos desde entonces no han ido en la dirección apuntada. Ahora sin embargo, ante la amenaza del fin de la civilización, estamos obligados a caminar en otro sentido. Y la propuesta de la NEF y Ecopolítica inaugura una nueva utopía que, como poco, merece la pena tener en cuenta.
Más información:
La pagina web de Ecopolítica:
http://www.ecopolitica.org/
El informe completo se puede descarga en dicha página
http://www.ecopolitica.org/downloads/21Horas/21horas_web.pdf
La página web de la NEF (en inglés):
http://www.neweconomics.org/
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