A grandes trazos, el socialismo propone que el interés del capital no es igual que el interés de la sociedad civil (todos nosotros, los trabajadores). A pesar de que el capital tiene propiedades (dinero, fabricas, bancos...), los trabajadores son los que verdaderamente hacen que funcionen el dinero, las fábricas y los bancos, entre otros. Por eso pueden tomar el poder. No deberíamos estar trabajando para ellos sino para nosotros. Y cuando esa nueva democracia llegue, haremos un mundo que se parezca a los trabajadores, a sus mujeres, a sus minorías, a sus personas con discapacidad....
Para eso, los trabajadores deben llegar a un nivel de madurez para controlar del sistema, a través del control de su trabajo. Ellos, los trabajadores, los gerentes, los publicistas, los orfebres, los cantantes, los maquinistas, deben saber qué hacer para que el mundo funcione con capital, pero no al servicio del capital.
Ser socialista es el compromiso que se asume con una forma de vida, lo cual no debe entenderse como una "obligación" ante los otros, sino que nos "obliga" a vivir como hemos elegido y que es la que más felices nos hace. En última instancia no es otra cosa que la imagen de sí mismo ante uno mismo lo que se está defendiendo.
Y hoy la izquierda vive sin utopías, perseguida por los fantasmas de los fracasos del socialismo real y de las escisiones, tensiones, descomposiciones y disputas entre los socialistas de distintos lugares que han llevado a que el sector político más progresista -y motor de los grandes cambios sociales- esté desorientado en la teoría y en la práctica de la política. Los sectores emparentados con las socialdemocracias se han resignado a la desaparición de las utopías y pretenden mimetizar la praxis política de la izquierda con las metodologías politiqueras de la derecha. Con lo cual, en los hechos electorales lo que se puede leer es que mayormente no han ganado los votos light del centro y que sí, en cambio, se han perdido los votos tradicionales de la izquierda, es decir, la de los zurdos que rechazan estas prácticas políticas perversas contaminadas de marketing y de campañas publicitarias donde se "vende una imagen", aunque el contenido... sea solo como la oquedad de un agujero: esté lleno de nada.
El socialismo -aunque nunca se lo haya querido reconocer explícitamente desde su propio discurso- también es pasión. El socialismo significó -y así espero que siga significando- una alta cuota de honestidad política. Esto no está dicho en los términos de los clásicos discursos de barricada para lograr votos o tontos que a uno lo síganme. Está dicho con todo el significado y significante que pueda estar puesto en ellas. El socialismo es y fue no sólo el de Carlos Marx, sino que también fue y es el de la Luxemburgo. El socialismo no es ni fue un fin en si mismo que justificara cualquier medio empleado para llegar a la meta propuesta. El socialismo era una forma de vida que servía -y sirve- para alcanzar objetivos. Nada más, que no es poco. Era, y continúa siéndolo, un medio y nunca un fin. Era una herramienta de trabajo político, ya que quienes en su momento adherimos a él lo hicimos convencidos de que por ahí pasaba el tren de la historia. Pero era una historia pensada e imaginada en los términos del progreso, del bienestar; la lucha de clases era un instrumento para lograr una sociedad enteramente justa, no sometida, libre y democrática.
Hoy, como ayer, el socialismo sigue convocando a los que aún creen que se pueden hacer cosas. Sigue siendo la creencia que definieron y describieron hace más de un siglo Carlos Marx y Pablo Iglesias. Mientras haya hambre, mientras haya guerra, mientras haya dolor, mientras haya injusticia, mientras existan poderes ignominiosos que ofenden la dignidad de lo humano, mientras hayan Derechos Humanos violados, etc.; digo que mientras existan todas esas mierdas que nos ofrece la "sociedad occidental y cristiana", el socialismo tiene necesidad de existir. Así como al lado de él van a sobrevivir todos aquéllos que intentan alcanzar el mismo objetivo de paz, justicia, libertad, dignidad, etc., aunque a través de otras metodologías.
Para que el socialismo -la izquierda en general- siga en el mundo cumpliendo el papel transformador que se ha propuesto y que se le reclama, deberá retomar el ideal humanista del joven Marx. En ese ideal está sentada en lugar principalísimo la tolerancia. Ser tolerante no significa mimetizarse o aliarse con aquello o aquéllos que no están en lo nuestro. El socialismo nació ateo. Es respetuoso y tolerante de cualquier culto religioso y de cualquier práctica religiosa, pero es un desatino pretender hacer un socialismo cristiano. El socialismo, del Siglo XXI, significa todavía una esperanza. Para que esa esperanza tenga posibilidades de tomar una forma y contenido hay que limpiarle la cara.
Pese a todo lo que ha venido sucediendo con la izquierda en el mundo, a mí, hoy a los cuarenta y cinco años, todavía el socialismo me sigue siendo útil como forma de vida. Me continúa sirviendo para tener vigente la pulsión de vida. Todavía creo que se pueden hacer cosas por lograr la justicia, la paz, la dignidad, en fin, todo aquello que le falta a la condición de lo humano para pretender ser algo más que un bípedo, es decir, un Hombre. El socialismo tiene vigencia para satisfacer las pulsiones individuales de manera orgánica y estructurada con la de los otros, no sólo de manera individual, sino asociados de un modo solidario en un proyecto compartido, común, de esfuerzos por satisfacer las necesidades -legítimas- de cada uno de los que aporten su grano de arena al bienestar de todos los habitantes del planeta. Y hoy, más que nunca, estimo que es el socialismo la única oferta válida para superar el individualismo esquizoide que está anestesiando y embargando el sentir y el pensar contemporáneos. El socialismo sigue siendo la única barrera efectiva para evitar el retorno a un estado de cosas reaccionarias y ofensivas para la dignidad humana.