No puedo revelar la localización, aunque es madrileña (situado en la parte meridional de la Puerta del Sol de Madrid), por expreso deseo de los trabajadores del edificio, con objeto de que no se convierta en un lugar de peregrinación de curiosos, ya que me hicieron firmar un documento en el que me prohibían darle publicidad al caso de forma directa.
Como he dicho, siempre comienzo mis investigaciones con gran escepticismo y me documento sobre el lugar, su historia y los personajes más emblemáticos que pudieron habitarlo. Al parecer se trata del edificio más antiguo de la Puerta del Sol y su construcción data de finales de la segunda mitad del siglo XVIII, apenas quedan estancias con la configuración que podrían tener años atrás, aunque el reloj que existe en una torreta levantada sobre su tejado se encuentran bien conservado, pero quizás ahora tenga más altura que en el pasado.
Los trabajadores venían soportando ruidos y chillidos que nunca supieron explicar por algún fenómeno natural, dilataciones de los materiales por la diferencia de temperatura entre día y noche o animales. Con cierto grado de desesperación, he de confesarlo, acudieron a mí, aunque si he de ser sincero desde el primer momento me parecía la típica paranoia de habitar en un edificio, algo sólo reservado a espíritus fuertes que no teman a los altos techos, al frío y a las corrientes. Hoy en día no estamos hechos a eso.
Pero acepté el caso y tan sólo le pedí a los trabajadores que me dejaran residir en el edificio por una semana, eso sí, acompañado por ellos que debían hacer vida normal, pues había que repetir al máximo las condiciones en que se habían venido produciendo los fenómenos que me relataron.
Ellos me indicaron de dónde procedían los ruidos y que siempre que se habían desplazado a la torre del reloj para comprobar qué pasaba éstos cesaban inmediatamente. Se les notaba sobrecogidos y contaban la experiencia con los ojos muy abiertos y con ánimo temeroso de no comprender que podía estar pasando.
En la torre del reloj había un templete. Convinimos a la vista de ambas que tan sólo podían proceder los ruidos de la superior. El reloj fue obra del relojero español afincado en Londres: José Rodríguez Losada que donó gratuitamente la maquinaria al Ayuntamiento de Madrid.2 El reloj tras haber pasado ya un siglo de funcionamiento continúa dando las campanadas cada año en el ritual de las doce uvas.
El ambiente era propicio. La estancia, sobrecogedora a la luz de una linterna que era todo lo que teníamos para alumbrarla porque esa torre carecía de luz eléctrica. No esperé más. Decidí que era el lugar apropiado para probar.
Instalé mi cámara de baja velocidad, que detecta el menor movimiento del aire para efectuar un disparo. También instalé una cámara de vídeo de larga duración, aunque sólo es apta para objeto auto lumínicos, si bien podía darse el caso. Y, por supuesto, mi equipo de grabación para recoger el sonido, de haberlo.
Dejé todo eso allí instalado y le dije a la familia que nos fuéramos a dormir. Eso hicimos, y a la mañana siguiente comprobé todos los aparatos y no había el menor rastro de grabación ni de imagen ni de sonido. Como me temía, nada saldría a la primera.
Así pasamos tres días con sus correspondientes noches, hasta que al cuarto día por la mañana, cuando comprobé la cámara de baja velocidad, había efectuado un solo disparo. Excitado me dispuse a ver la imagen, y allí estaba. Una imagen espectral pero con cierta dulzura que se había dejado ver por un instante. La cámara de vídeo nada había captado y la grabadora no registró el menor ruido. Sinceramente nada me había despertado que me sobresaltara y la familia nada me reportó en ese sentido.
Pero allí teníamos una imagen. Algo había en esa estancia. Una presencia se había manifestado, aunque no pude saber a qué hora porque al no registrar nada el vídeo, la cámara de baja velocidad no registra el momento en que se toma la imagen.
El resto de la semana pasó sin novedad, aunque a decir verdad los trabajadores estaban bastante amedrentados por el descubrimiento e incluso pensaban que yo había puesto ahí la imagen para ganarme mis honorarios. Esas insinuaciones, sinceramente, no sólo me ofendieron, sino que hicieron que precipitara mi marcha de allí. Al fin y al cabo el espectro es "suyo", y ellos sabrán lo que hacer con él. Habían herido mi orgullo profesional y no estaba dispuesto a concederles un minuto más de mi tiempo. Acordamos una rebaja en mis emolumentos y sin más discusión partí de allí.
No se volvieron a interesar por la imagen ni me volvieron a llamar. Supongo que se acostumbrarían a soportar los ruidos y que al acusarme de fraude quedarían más tranquilos pensando que todo sería por alguna causa natural, si es que se volvía a repetir, que ignoro que pasaría después.
Por mi parte, indagué más la historia del lugar. Me fui a los archivos parroquiales del pueblo y consulté todos los legajos que pude encontrar, cuanto más antiguos mejor. Algo llamó mi atención. En una inscripción de defunción había escrito al margen la expresión: "Visto por el alguacil el parte, la muerte se atribuye a suicidio por pérdida del juicio e histerismo". Fin de la anotación.
¿Qué hacía una anotación de ese carácter en un parte de defunción y por qué esa mujer, porque era una mujer, se había suicidado? No tenía nada en realidad. Nada de nada. Ni corto ni perezoso le expuse el hallazgo al párroco, Don Elías. No sabía nada de ese suceso, evidentemente, que databa de finales del siglo XX, pero me dijo que el antiguo párroco aún vivía y que estaba recogido en un asilo de las hermanas de la caridad en Burgos, ya que él, de vez en cuando, iba a verle.
Ni corto ni perezoso, fui al asilo y allí me encontré con el Padre Salustiano, un hombre de unos 90 años, lúcido y de ojos vivos aunque llorosos, postrado en una silla de ruedas en la que su figura quedaba retorcida e inclinada hacia un costado. Me presenté, le hablé de Don Elías y del motivo de mi visita. Me asombró su comprensión. Su rapidez de mente, pues parecía como si llevara toda su vida esperando esa visita.
Me dijo: "hijo, sé a lo que viene. Siempre pensé que vendría alguien, aunque quizás no que tardara tanto. Es Doña Espe. No necesito que me cuente más. Es Doña Espe –repitió-. Se tiró por la ventana en 2012 y se mató. Dicen que se tiró, pero el pueblo siempre supo y así lo fue contando de generación en generación que su marido, el Mariano, la empujó para poder casarse con una prima suya que tenía mucho dinero. Eso dicen. O mejor dicho decían, pues nadie queda con memoria ni años para saberlo. Siempre lo quise contar, pero nadie me lo preguntó, aunque siempre esperé que viniera alguien a hacerlo. Un día la vi a los pies de mi cama. Iba vestida de azul y me dijo: Padre, diga Vd. la verdad sobre mi muerte, y podré descansar en paz. Por eso se lo digo. Espero que Doña Espe repose para siempre, ahora que cumplí la promesa que le hice."
Me puse en contacto con los trabajadores al cabo de unos meses de meditar sobre todo aquello. No quisieron prácticamente atenderme. De mala manera me dijeron que a las semanas de yo irme se habían dejado de oír los ruidos y que probablemente sería un animal que al final se había marchado o muerto. Que no les molestara más y que se arrepentían de haberme llamado. No pude explicarme. No pude decirles que Doña Espe ya no estaba, porque el Padre Salustiano había cumplido su palabra.
No gané mucho con todo aquello ni nadie me lo agradeció, pero para mí es suficiente con que Doña Espe, por fin, nos deje descansar en paz a todos los madrileños.
No hay comentarios:
Publicar un comentario