Deja indefensos a los más débiles frente al ascenso del delito porque la ideología la lleva con demasiada frecuencia a tomar partido por el delincuente. La izquierda ha descuidado un fenómeno que golpea sobre todo a los más pobres, porque ve en el delincuente a una víctima de la sociedad. Y a la seguridad como un reclamo de la derecha.
Una "cultura de la excusa" la lleva a ignorar a la víctima para asumir la defensa del que viola la ley. Privilegiar las causas sociales en la explicación de los motivos del delito, es una cosa. Renunciar a combatir la delincuencia es otra. Pero, para la izquierda, la explicación se convierte en excusa. Excusa para el delincuente y excusa para la inacción de los poderes del Estado.
Otra creencia es la de que una mejora de la situación económica traerá automáticamente una caída en los índices del delito. En la práctica, es apostar a que el tiempo lo resuelva todo. Podemos comprobar la falsedad de esa tesis en América Latina: la región ha crecido sostenidamente en los últimos años, pero en muchos países latinoamericanos el flagelo de la delincuencia no sólo no retrocede, sino que avanza.
Una falsa ecuación
Que las medidas de seguridad son de derecha, hasta fascistas. Ese es el discurso de las elites culturales totalmente desconectadas de la realidad. En los suburbios, el electorado de izquierda pide más seguridad, igual que el de derecha y los padres que quieren que sus hijos circulen tranquilamente por las calles de su barrio no son de derecha ni de izquierda, son padres.
Al negar la realidad de la delincuencia, los "bienpensantes" del progresismo no han entendido que la inseguridad toca justamente a los más carenciados, ahoga a los servicios públicos y a las barriadas. La izquierda ha olvidado sencillamente que las primeras víctimas del incremento de la inseguridad son los trabajadores, la gente humilde.
Los delincuentes, el nuevo proletariado
"A los que roban, se los encarcela; a los que violan, se los encarcela; a los que matan, también. ¿De dónde viene esta extraña práctica (sic) y el curioso proyecto de encerrar para enderezar?", se preguntaba Foucault, por ejemplo.
"Para la intelligentsia, el nuevo proletariado, son los delincuentes". Traiciona a sus propias bases en nombre de la defensa de los "fuera de la ley". Los que cometen delitos estarían en rebeldía contra una ley y un orden "injustos". Son ellos las víctimas. Con este discurso, la izquierda deslegitima totalmente la idea de represión.
Otro aspecto que se despega del dogma progresista es su defensa de la policía. Acusa a la izquierda de racismo policial. Para ella, "los policías son siempre presuntamente culpables, y los delincuentes son siempre totalmente inocentes". Eso explica que se movilicen por los casos de gatillo fácil o abuso policial, pero jamás por las víctimas de la delincuencia.
No se hará retroceder la inseguridad sin rehabilitar a la policía y que ésta necesita sentir el respaldo de todo el país, pero, para la intelligentsia, eso es inimaginable, porque reserva su compasión para los delincuentes y no tiene ni una palabra de consuelo o aliento para los que trabajan, los que estudian o los que padecen por la delincuencia. Mucho menos para los policías caídos en cumplimiento del deber. Existe un divorcio entre el pueblo y las elites: en las zonas sensibles, la gente reclama más presencia policial.
El "partido" de los derechos humanos
Finalmente, Cualquier gobierno, "de derecha o de izquierda", que decida enfrentar el delito chocará contra el "partido de los derechos humanos". Un partido informal, una creación de la revuelta estudiantil de mayo del 68 en Francia, que dio origen a esa nueva mirada candorosa hacia la delincuencia. Un partido ante el cual, muchos han capitulado. La izquierda debe rechazar el "fantasma liberticida" que afirma que combatir la delincuencia sería ser de derecha.
Es cierto que las fuerzas progresistas en general no ponen a la seguridad entre las prioridades de su agenda. Pero algunos están empezando a cambiar. El propio Partido Socialista francés designó a un responsable de Seguridad en su secretariado nacional, algo impensable tiempo atrás. "La inseguridad no es una sensación",declaró a la prensa Jean-Jacques Urvoas, el diputado nacional designado para ese cargo.
En cuanto a América Latina, junto con Venezuela, cuyos índices de inseguridad se han disparado sin que el Gobierno haya reaccionado aún, tenemos el ejemplo del presidente salvadoreño, Mauricio Funes, quien llegó a la primera magistratura encabezando una lista formada por una ex organización guerrillera, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, pero no ha eludido el drama de la violencia delictiva en su país y acaba de poner en vigencia una ley para combatir a las maras (pandillas) que prevé penas más duras para quienes se sumen a estos grupos delictivos.
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